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Opinión
24 de septiembre de 2026 · 02:00 p. m.· Con información de La Nación
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Un artículo advierte que las estaciones ya no llegan con la puntualidad de antes en Paraguay

El texto publicado en La Nación repasa cómo el calendario natural del campo se volvió impredecible y señala la responsabilidad humana en la alteración del clima.

Campo con sequía e inundación bajo cielo cambiante, reflejando la imprevisibilidad de las estaciones.. Ilustración generada por inteligencia artificial, no es una fotografía de los hechos

Un artículo publicado en La Nación plantea que en Paraguay las estaciones ya no se comportan como antes y que el clima cambia de un momento a otro: campera a la mañana, remera al mediodía y viento fresco por la tarde, cuando vuelve la prenda abrigada. El texto señala que en el país se suele hablar del tiempo como de un pariente imprevisible, capaz de sorprender con frío cuando debería hacer calor o con calor cuando se esperaba frío.

El autor recuerda a Andrés, un compañero campesino, que le dijo: “Antes uno sabía cuándo venía el frío mirando los árboles”. Según el texto, esas palabras resumen un calendario natural que durante generaciones ayudó a sembrar, cosechar, criar animales y prepararse para las heladas o las lluvias, un conocimiento que atribuye a la gente del campo y que hoy, afirma, parece escrito con lápiz y no con la costumbre.

Sobre el cambio climático, el artículo aclara que no significa que cada día vaya a ser más caluroso que el anterior, sino que se está alterando el equilibrio del sistema climático del planeta y se vuelven más frecuentes o intensos determinados extremos: olas de calor, lluvias muy intensas, sequías, incendios y cambios en los patrones habituales. Entre las causas menciona la quema de combustibles para mover vehículos, producir electricidad y fabricar lo que se consume, además de la deforestación, el reemplazo de bosques por cultivos y ciudades y el aumento de la producción y de los desechos.

El texto apunta que Paraguay conoce bien el calor extremo, las sequías, las tormentas violentas y los incendios forestales, y que su economía, su producción agropecuaria y la vida cotidiana dependen de que el clima conserve cierto equilibrio. Advierte que, si ese equilibrio continúa deteriorándose, las personas podrían acostumbrarse a vivir pendientes del pronóstico, no para saber si llevan paraguas, sino para saber si podrán trabajar, producir, viajar o simplemente soportar el día.

Frente a ese escenario, el artículo sostiene que no se puede detener una tormenta, ordenar al termómetro que baje ni negociar con una sequía, pero sí revisar lo que se hace todos los días, porque el cambio climático es un fenómeno planetario compuesto también por cientos de miles de decisiones pequeñas. El texto cierra con la idea de volver a mirar los árboles y con una afirmación: la naturaleza puede sobrevivir sin el ser humano, pero el ser humano no puede sobrevivir sin ella.

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