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Opinión
4 de septiembre de 2026 · 06:57 a. m.· Con información de La Nación
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Un análisis repasa el origen y los efectos de las campañas sucias en política y medios

Una columna publicada en el diario La Nación reconstruye cómo la práctica de desprestigiar al adversario se trasladó de los debates televisivos a la prensa, con ejemplos de la política paraguaya reciente.

Pódium de debate y papeles: las campañas sucias pasan de la TV a la prensa.. Ilustración generada por inteligencia artificial, no es una fotografía de los hechos

Investigar y exponer públicamente las debilidades del adversario es una práctica antigua en la política, según señala una columna publicada en el diario La Nación. El texto recuerda que esta dinámica pasó de tener audiencias reducidas a alcanzar escala global con la televisión, y ubica como antecedente clave el debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon del 26 de setiembre de 1960, que reunió entre 66 y 77 millones de espectadores, aunque aclara que hubo cruces previos protagonizados por representantes de los candidatos y no por ellos mismos.

Según el artículo, los estudios sobre el comportamiento del público ante estos enfrentamientos determinaron que, además de los argumentos, pesan la presencia física, los gestos y el control emocional de los contendientes. Con el tiempo, sostiene la columna, los ataques personales fueron desplazando a los temas de fondo, en la medida en que las descalificaciones buscaban incidir en la decisión del electorado.

En el caso paraguayo, el texto ubica el inicio de los debates televisivos tras la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner, y menciona como primer antecedente el cruce entre Luis María Argaña y Juan Carlos Wasmosy en el marco de las internas de la Asociación Nacional Republicana. De ese encuentro, la columna destaca una frase de Argaña dirigida a Wasmosy —"Quien no te conozca que te compre"— como lo único que perdura en la memoria pública, en contraste con lo que debía ser un intercambio de propuestas de gobierno.

La columna extiende el señalamiento a los medios de comunicación, a los que atribuye responsabilidad en la propagación de estas prácticas al mezclar información con opiniones sin distinción clara. El autor sostiene que tanto las campañas sucias promovidas desde los gobiernos como las impulsadas por medios privados son reprobables, aunque considera que las primeras merecen una condena mayor por involucrar, según afirma, financiamiento con recursos públicos.

Como ejemplo, la columna cita el atentado en que murió Luis María Argaña, entonces vicepresidente de la República, y señala que una corporación mediática desplegó en ese momento una campaña orientada a exculpar a Lino César Oviedo, llegando a sostener que Argaña ya estaba muerto antes del ataque y que su cuerpo habría sido colocado en la camioneta para simular un asalto, en supuesta complicidad con su entorno. El texto agrega que el gobierno de la época también recurrió a la fabricación de testigos falsos, y que la confesión de uno de los sicarios, coincidente en lugar y fecha con los hechos, fue silenciada por esos medios.

La columna concluye que, en las campañas sucias, tanto los gobiernos como los medios de comunicación terminan perdiendo su credibilidad y el respeto público.

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